«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a cabo la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado un anuncio que los cautivos serán liberados, que los ciegos verán, que los oprimidos serán puestos en libertad, y que ha llegado el tiempo del favor del Señor». (Lc 4:18-19)
En este escenario de marginación irrumpió Jesús como un profeta que no sólo anunciaba arrepentimiento sino también que mostraba en sus palabras y hechos que Dios no era el Dios que los religiosos había ideado en sus mentes, ese Dios excluyente que su mayor rasgo era el de la santidad y que para poder acercarse a Él debían cumplir exigentes y rigurosas leyes sino más bien el Dios que presenta Jesús es el de la "compasión" que se acerca a las personas y las acoge sin importar que hayan hecho, les devuelve su dignidad y su posición como hijos suyos.
Jesús irrumpe en la historia de la humanidad pero también irrumpe en la vida de estas personas con buenas noticias de esperanza y amor.
Ese es Jesús, el profeta de la compasión y aquel que acercó a Dios al pueblo; por cuanto ellos no podían acercarse al Templo entonces el Templo se acercó a ellos.
Dios en Jesús se manifiesta a nosotros para decirnos y mostrarnos que Él está dispuesto acogernos y aceptarnos aún con nuestros peores miedos o fracasos e incluso aún con nuestros peores pecados, irrumpiendo en nuestras vidas con sus buenas noticias que nos traen libertad y esperanza en su compasión.
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