Vayan y anúncienles que el reino del cielo
está cerca. Sanen a los enfermos,
resuciten a los muertos, curen a los leprosos y expulsen a los demonios. ¡Den
tan gratuitamente como han recibido! – Mateo 9:36-10:8
Vivimos en medio de una sociedad donde no hay tiempo que
perder, no hay tiempo para detenerse y contemplar lo que sucede a nuestro
alrededor, mucho menos para contemplar quienes están a nuestro alrededor porque
solo importamos nosotros, nuestro desarrollo profesional, nuestro desarrollo
intelectual, nuestra alimentación, nuestra vestimenta, nuestras necesidades y
nuestra búsqueda de poder que nos ponga en una ubicación importante dentro de
la sociedad, no digo que ello este mal pero si no miramos lo que sucede a
nuestro alrededor y lo que viven los otros entonces podemos caer en la trampa
de obtener autoridad para beneficiarnos nosotros mismos y olvidar al que menos
tiene o al que sufre. Jesús pasaba sus días observando lo que acontecía a su
alrededor, veía el sufrimiento y el dolor de las personas olvidadas por las
autoridades religiosas y políticas, su compasión y amor por estas personas
hacía que él no sólo se encerrara en una sinagoga a predicar, sino que saliera
a las calles y sanara a las personas. En esa compasión, le nace el llamar a sus
discípulos para darles autoridad y poder, pero no para ser usado en su
beneficio o para dominar sobre otros sino para hacer el bien. Jesús los
empodera para que derramen su vida en beneficio de los demás. No solamente les
dice “Vayan
y anúncienles que el reino del cielo está cerca” sino que además los manda a servir
a su sociedad “Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, curen a los
leprosos y expulsen a los demonios”. Los empodera para una misión que implica hacer visible que el
reino de Dios estaba en medio de ellos, acercándose a la sociedad para sanar el
alma y el cuerpo de quienes sufren, de resucitar las esperanzas de aquellos que
la han perdido y que sienten que su vida ha perdido sentido, acoger aquellos
que se sienten excluidos y marginados; y liberar aquellos que están
esclavizados por sus pecados o por sus ídolos. No solo se trata de señalar el
camino del bien sino de decidir seguirlo, haciendo el bien a los demás de
manera gratuita.
Hoy en día esa es también nuestra misión: Saber que hemos sido
empoderados por Jesús para anunciar las buenas nuevas del Reino de Dios, pero a
la vez hacerlo visible con nuestro servicio a los demás no sólo dentro de
nuestras iglesias sino también fuera de ella.

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